¿Hacía mucho que no hablaba de mis fracasos culinarios? Pues dos en dos días y ambos, para no variar, con la misma receta. ¡Qué cruz señor! Eso de antojarse de cosas que, lo mires por donde lo mires no tienen adaptación posible, acaba con la paciencia de una.
Menos mal que todavía puedo mantener la honrilla haciendo algo básico. Ya os di mi
recetilla para freir un filete como Dios manda y hoy ¿por qué no? Vengo con la versión "sin prisas" de las patatas fritas. Es lo que tiene dedicarse a la panadería y a la repostería, que con sus reposos los de cualquier otra cosa te parecen
pecata minuta y te dan para todo, hasta para hacer fotos del proceso.
En primer lugar, después de cortar las patatas, las meto en un bol con agua fría (en esta época, al menos en Madrid, vale la del grifo), las doy un lavadito para quitarles el almidón y cambio el agua. Así las dejo, al menos, entre 15 y 30 minutos.
Después las echo en la sartén (sin sal) y a fuego medio.
Mirad como están al chuf-chuf y como tengo la vitro como los chorros del oro.
A los cinco minutos aproximadamente, cuando vemos que empiezan a estar semi-cocidas, ¡subidón, subidón! Fuego a tope.
Hasta que están doraditas, las pongo en un papel de cocina para que suelten la grasa y las echo la sal.
Un huevo frito, unas salchichas y buen plato de patatas después se me curan todos los males.
Al fin y al cabo ¿a quien le importa cómo y cuánto se tardan en hacer unos bollitos de canela?