
Me levanto por las mañanas hecha unos zorros, peor aun si por la noche y por los motivos que más adelante se verán no me desmaquillo como Dios manda. Salto de la cama porque se me pegan las sábanas y siempre, siempre, tengo que ir corriendo. Desayuno (el mío no), ducha hiper-mega-super-rápida, cuatro gritos y a la jungla. Tengo coche. Lo deben de tener, además 3 millones más de madrileños y alguno que viene de paso. Me gusta mucho mi coche. Tengo que subirlo cada mañana en un alto para soltar a la gente menuda en el cole y no me doy en los bajos. Es un alivio no escuchar cada mañana ese crucs crucs y no pensar que lo estás partiendo. Después sigo mi camino pongo música o noticias según mi estado de ánimo (pero eso lo contaré otro día), aparco en garaje (garaje es escribe con jota) y tomo café muy cargado. Algunos de mis compañeros dicen que está asqueroso, pero a mi jefe y a mí nos gusta. Casi todos los viernes llego tarde y después le robo a la empresa todos los días unos minutos para terminar de disfrazarme de mujer y otros para otras cosas. Soy una trabajadora imperfecta.
Tengo a veces la nevera casi vacía, se me olvida meter el dinero del judo en el sobre o firmar una circular del cole. Improviso cenas rápidas mientras pongo lavadoras, reviso deberes, obligo al personal a que recojan sus cuartos, repasen ese tema que está flojo o se duchen. No puedo ir a todas las reuniones del cole (ver párrafo anterior) y tengo que hacer malabares para cuadrar médicos a mi conveniencia. Soy una madre imperfecta.
Intento estudiar. Algunos días pongo todo de mi parte y consigo hacer algo de provecho. Los más, pospongo el asunto por otros quehaceres. Me pilla el toro y un mes antes de los exámenes tengo que dedicar todo mi tiempo "libre" al tema. Eso, si no me surge nada relacionado con el párrafo 2. Soy una estudiante muy imperfecta.
A veces, cuando voy en ese coche que me gusta tanto, ese espejito chivato a plena luz del día me dice que hay un pelito donde no debiera. Me lo dice también la ducha, pero entonces procuro no mirar de cintura para abajo, como si estuviera embarazada y no lograse ver más allá de mi ombligo. Me lo dicen también mis uñas y mi pelo, que necesita un corte desde hace meses y un tinte desde hace semanas. Y a veces, ya lo he dicho, me acuesto con un lavado de cara rápido. De eso muchas veces tienen la culpa los hechos del párrafo 3, otras los del párrafo 2 y en algunos casos los del 1. Soy, sin duda, una mujer imperfecta.
Seguro que no la única.